martes, 20 de septiembre de 2016

Jolgorio - Mercedes Araujo

Bullicio, jolgorio,
damascos que se pavonean,
olorosas margaritas,
eucaliptos descarados.

La casa a media luz
a media asta las persianas
¿Y tan exuberantes olores?

(fiesta, ebullición, jubileo expansivo)

"Ama de casa indolente"
perezosa y gatuna
(replicadora)
pregunta y huye
de sus (abominables) quehaceres.

¿Es ese un jazmín del viento?


miércoles, 31 de agosto de 2016

Heredarás la tierra - Aldazábal

IV

Ese cactus
que compartimos
hace mucho
se parece a este obelisco
que lastima mis manos
con sus púas
y su espacio robado
al nuestro.

Carlos J. Aldazábal


viernes, 12 de agosto de 2016

Ahora - Griselda García

EL DIQUE

En las últimas vacaciones Papá
construyó un dique en el río.
Le llevó toda la mañana.
Cuando terminó, el sol
había bronceado su espalda.
El agua nos llegaba a los tobillos
nos metíamos en zapatillas
para que los pies no dolieran.

En ese mismo río esparcimos
sus cenizas pocos años después.

Mamá llevó flores y una botella de vino.
No había nadie ese día
solo un hombre acostado en la arena
que al ver la botella gritó de satisfacción.

A Papá le hubiera gustado, pensé

y entrando al agua rompí el dique.



viernes, 5 de agosto de 2016

¿Quién?

¿Quién me despertará si no este río?

Viene desde la infancia
y lleva piedras grandes en lugar de navíos,
ramas sueltas, velámenes rotos
y un camalote para señalar que corre aún.

Un impulso lo ciega,
una columna de humo lo sigue desde la orilla,
dos motas de polen marcan el rumbo.

Quiero asirlo, pero no puedo: es de agua,
recoger la espuma y no alcanzo: se aleja,
respirar su perfume,
pero no es de aquí: resuena en mi cabeza.

Con dedos lisos golpea los postigos
y abre los picaportes:
en su cama de aullidos duerme el tiempo.

Rafael Felipe Oteriño



miércoles, 22 de junio de 2016

Full Time Family Resort Lisandro Olmos - Consuelo Fraga

Full Time Family Resort Lisandro Olmos



Sentí que me volvía indiferente

y que daba lo mismo guarecerse

o dejar que la helada nos congele



vi a mi piel escamarse y a mis dientes

huir, llevándose pasito a paso

la sonrisa que ustedes merecían



lloré por mí –por no tener palabras

ni la fuerza o las ganas de buscarlas–

pobre mujer –pensé– es tan cobarde



de qué puedo escribir, te dije un día,

de los inhóspitos lugares, contestaste,   

donde se encuentra a veces el amor. ​




martes, 7 de junio de 2016

Licencia para mentir de Cecilia Trosman, por Ingrid Proietto

A continuación transcribo el texto de la presentación de la novela Licencia para mentir de Cecila Trosman, (Grupo editor Latinoamericano, Nuevo hacer, 2013) a cargo de la escritora y periodista Ingrid Proietto.

Esta noche, yo no les voy a mentir. Cuando Cecilia me propuso que la acompañara en la presentación de su novela, lo primero que pregunté fue: ¿Por qué a mí? Entonces, Cecilia me dio algunas razones, muy subjetivas, como todas las razones. 
Pero prometí que no les voy a mentir, de modo que tengo que decirles la verdad: lo que pensé mientras le daba el sí a Cecilia fue: “Esta gente cree que yo soy una persona que no soy, me adjudica capacidades que no tengo, sensibilidades de las que carezco y agudezas que perdí hace mucho tiempo, el mismísimo día que perdí la cintura”. En un momento sentí que era incapaz de sentarme a escribir un texto, había entrado en un estado imposible que pendulaba entre la culpa y el bloqueo total hasta que busqué refugio en el libro de Cecilia. Entonces, cuando reparé en las letras de molde del título, Licencia para mentir, me dio un ataque de risa. No sé por qué, ni cuándo, mucho menos para qué, pero en algún punto los convencí de ser la persona indicada para estar sentada aquí y ahora no es momento de poner a debate si los engañé, se engañaron o todo es una enorme equivocación. En cualquier caso, me resultó sugestivo sentirme una perfecta embustera presentando un libro que se llama Licencia para mentir y es por eso que llegué hasta acá. Ya no tengo alternativa: o ustedes se dan cuenta de que todo es una gran mentira o los engaño definitivamente.
Así que bueno, llegó la hora en que tendría que arrancar con la parte formal. Esa en donde expongo un análisis profundo y singular sobre la narrativa de Cecilia Trosman, la comparo con grandes de la literatura, cito a un par de autoras, es mejor que sean mujeres ya que estamos entre pares, e impregno con mi lectura exhaustiva de Licencia para mentir la lectura que después harán ustedes.
Olvidensé. Eso no va a suceder. Sepan que simplemente estoy acá, leyendo la historia de Esmeralda Guzmán, una mujer que a sus 74 años sigue haciéndose las preguntas que yo me hago a los… 36? (si alguien en la sala tiene intenciones de debatir acerca de mi edad, lo invito a retirarse). Me gusta pensar la lectura de una novela como una experiencia. De modo que decidí que no voy a hablar de la novela en sí (para eso estarán los críticos y los reseñistas. A propósito: ¿Cuál es la diferencia entre una crítica y una reseña? No me lo contesten ahora…) De lo que quiero hablar es de la experiencia que fue para mí transitarla. Todo eso de la prosa soberbia y trabajada ni falta que hace que lo diga y, además, lo podrán leer en la preciosa contratapa que escribió Tedesco y con la cual acuerdo de principio a fin.
Pero esta es una noche de confesiones y yo prometí no mentir. Así que va la segunda confesión (la primera es que no sé qué hago acá, se acuerdan ¿no?). Bien, la segunda es que introducirme en el relato me costó. Me sentía inquieta. Como que con Esmeralda todo bien, pero no podía terminar de acomodarme, qué sé yo... Hasta que, mientras abordaba el texto, descubrí que lo que me pasaba no tenía que ver con la novela. Tampoco era incomodidad con Esmeralda. El problema tenía que ver conmigo y mi vínculo con la ternura, por explicarlo de alguna manera. Porque la novela de Cecilia está atravesada por la ternura. Y es así que llegamos a la tercera confesión de la noche: leer Licencia para mentir me conectó con la ternura.
La novela de Cecilia se puede abordar desde muchos lugares, pero para avanzar necesité dejar de preguntarme si el que yo había elegido era el mejor. Así que hice como Esmeralda –“A veces, solo a veces, me siento segura de mí. Es maravilloso y no dura mucho. Un día, sin previo aviso, me despierto y lo pierdo”- Entonces, antes de perder esa sensación, acepté que acercarlos a la novela desde la ternura podía no ser el mejor lugar, pero es el que yo elegí.
¿Pero qué es la ternura? ¿Es un sentimiento? ¿Una sensación? ¿Una emoción? En principio, y a partir de una pequeña investigación, estoy en condiciones de afirmar que es un sustantivo. Femenino. Según wikipedia hay casa, hay perro, hay mesa, hay ternura. Pero para poder explicarlo bien hice la pregunta a mis seguidores de twitter y facebook. Siento que esperaban algo más profundo, pero yo les avisé que no iba a mentirles esta noche.
Luego voy a tener que hacer un apartado con las respuestas porque fueron muchas pero para hoy solo tomé aquellas que, a mi modo de ver, conectan con el relato que va construyendo Esmeralda. Y me ayudan a explicarles lo que provocó en mí la lectura de esta novela.
Alguien pegó en mi muro de facebook fragmentos del último texto que escribió Raymond Carver donde se refiere a la ternura. “Es una palabra que no se oye en estos tiempos. Piensen en ello: ¿cuándo fue la última vez que la utilizaron o que la escucharon? Pero aunque no se utilice la palabra ternura, sentimos su presencia en los detalles”.
Precioso, Carver. Sin embargo otras personas, más anónimas y comunes, dejaron definiciones que describen parte de lo que sucede en Licencia para mentir…
La ternura es mirar y ver belleza en lo más simple.
Es algo así como sentirte bienvenido, como cuando alguien te abraza y vos apoyas la cabeza en su hombro.
¿Puede ser el recuerdo de la niña que fuimos?
Sin ternura no se descansa.
Es lo que no hay que perder cuando te endurecés.
Lo que sentimos cuando al mirar vemos con total inocencia...
La ternura es el calor que se siente en el abrazo, corto y afectuoso, como un decir "aquí estoy".
Para mí es ancha y sin fin, como un colchón enorme y mullido, algo que te conmueve pero que ancla en un lugar más lejano, acaso originario.
Los días en que mi hombro es la mejor almohada para mi hijo. Eso es la ternura. Como que la vida no es mucho más.
Es mullir tu corazón a tal punto que cuando arropas a tu madre octogenaria sentís que es un bebe recién nacido.// fin de la citas.
Entonces. La vida de Esmeralda o, mejor, la vida que cuenta Esmeralda o la manera en que cuenta su vida Esmeralda está atravesada por la ternura. Y eso, cuando uno logra acomodarse, se siente muy bien del otro lado. Hay bellísimos personajes que transitan su historia. Jacinta, por ejemplo, “una mujer con imaginación poderosa que levanta vuelo de la parte aburrida y chata de la vida”. O Floreal, ese tipo casi perfecto que es capaz de esperar cinco años, sabe bailar y puede resolver una cena romántica con lo poco que encuentra en la heladera. Sin embargo, voy a detenerme en Esmeralda porque es solo a través de ella que me importan los otros.
Esta novela me deja muchas preguntas que comparto con ella: “Durante toda la vida me parecía que yo no era un buen lugar para vivir. Ahora, en general, lo soy. No me mudo, con asombrosa rapidez, a ser otra; me quedo en esta tarde de febrero junto a mí, dispuesta a hacerme buena compañía, o la que pueda. Y a hacerme las preguntas que necesito para sentirme un poco más libre”, dice Esmeralda en su casa de la laguna. Y pienso que estaría bueno que yo también comience a hacérmelas. A las preguntas y una casa en la laguna. ¿Por qué no?
Les traslado algunos de los interrogantes de Esmeralda que nos interpelan y que, por el solo hecho de animarse a pronunciar, nos hacen, a ella y a mí, más libres y verdaderas.
¿Por qué tendremos que morirnos?
¿Qué ha sido de mi ideal de familia?
¿Qué imagen vendí para que mi hijo crea que soy la persona que no soy?
¿Se puede estar triste y feliz a la vez?
¿Hasta cuándo seguiré postergando el disfrute para cuando sea grande?
¿Cuánto me mentí?
¿Quién es la persona que llega a la verdad última, si es que existe semejante cosa?
¿Y si las cosas no suceden como las planeo?
¿Y mi plenitud de ayer?
¿Estar tanto tiempo conmigo será de verdad un buen programa?
¿Qué hago con el sabor amargo que de pronto me invade?
Son preguntas que se hace Esmeralda y a mí me resuenan como propias aún cuando al mirarnos al espejo podemos ser tan distintas: “Me busco en el espejo, hay allí una mujer vieja que me mira mirarla”, reflexiona Esmeralda.
Pero también podés encontrar algunas respuestas que a veces suenan como sentencias, como mandatos, como trampas…
La juventud es un estado, casi una bella enfermedad, que se pasa con los años.
A veces conviene quedarse quieto.
La ausencia de la magia debe ser prima hermana de la muerte.
Sufrir nos parecía la única fórmula que deberíamos aprender como mujeres hechas y derechas: después de las lágrimas el premio estaba asegurado.
Juan Manuel, mi marido, el hombre más importante llegado a mi vida después de mi padre y antes de mi hijo.

Esmeralda es una mujer que merece convertir su vida en una novela. Sucesos simples que cobran sentido simplemente porque se decidió a contarlos, repensarlos, cuestionarlos. En esas historias que recorre hay mentiras, romance, contradicciones, miedos. La vecina que se quedó sin fiesta de casamiento porque la dueña de casa donde iba a realizarse murió unas horas antes. Variantes de infidelidad. La deliciosa amistad entre mujeres. Y, por supuesto, la vejez: “Nunca me gustaron los viejos. Y ahora lo soy. Me dio trabajo aceptar los modos en que el paso del tiempo se las vio conmigo”. También hay tópicos que me hermanan, de los profundos y de los cotidianos: hijos, celos, dudas, la peluquería como lugar casi sagrado de contención y metamorfosis. ¡El dulce de leche…! Los padres, ¡las madres! Sin embargo, desliza algunos conceptos arbitrarios, que la definen y que a mí me confirman cuando los pongo en duda. Por ejemplo, Esmeralda está convencida de que las mujeres viudas son más respetadas que las separadas. O considera la vocación de uno de sus hijos, que es entrenador deportivo, como un error. Y el argumento de su más profunda preocupación es: “¿Qué va a hacer de viejo cuando no pueda moverse?” Ella, en su momento, ni se atrevió a preguntarse que querría ser. Pero cree que de habérselo preguntado hoy sería actriz. Y no escritora como es. Se ve que alguna vez Esmeralda, sin darse cuenta, se preguntó qué quería ser. Y se lo respondió, también sin darse cuenta, cuando se puso a escribir.
Me gustaría ir terminando pidiéndoles que compren la novela de Cecilia. Publicar es complicado. Cuesta mucho encontrar un editor serio que tenga ganas de buscar nuevos autores y autoras. Editar es caro. Por eso los escritores necesitamos que compren nuestros libros. Pero no alcanza con que ahora vayan y paguen por su ejemplar. Eso es imprescindible, sin embargo lo esencial es que lo lean. Y que después de leerlo, lo recomienden. Borges decía que sus libros se vendían mucho pero que nadie los leía. Sostenía que la gente los compraba para regalar porque estaba de moda. Pero que quién recibía el regalo tampoco lo leía sino que usaba la lujosa edición de su libro como un objeto snob que adornaba la biblioteca. No lo consulté con Cecilia, pero estoy segura de que no quiere parecerse a Borges. Mucho menos en este sentido. Así que den cada paso a la vez pero sepan que, si no los dan todos, de poco sirve dar el primero.
Estas son las cosas que tenía ganas de contarles sobre la novela de Cecilia. Más que como análisis como el deseo de transferirles las ganas. Ese entusiasmo por entrar en el universo de Esmeralda solo por el placer de transitarlo y porque transitarlo es placentero. Porque allá adentro da ganas de que el tiempo pase lento, así es posible quedarse un rato más. Se los recomiendo porque es buena, porque está bien escrita, porque vale la pena pero sobre todo porque yo entré medio como con picazón, pero 223 páginas después salí reconciliada con la ternura y un poquito más feliz.


martes, 26 de abril de 2016

Segregación No 1 - Carlos Germán Belli

(a modo de un pintor primitivo culto)

Yo, mamá, mis dos hermanos
y muchos peruanitos
abrimos un hueco hondo, hondo,
donde nos guarecemos,
porque arriba todo tiene dueño,
todo está cerrado con llave,
sellado firmemente,
porque arriba todo tiene reserva:
la sombra del árbol, las flores,
los frutos, el techo, las ruedas,
el agua, los lápices,
y optamos por hundirnos
en el fondo de la tierra,
más abajo que nunca,
lejos, muy lejos de los dueños,
entre las patas de los animalitos,
porque arriba
hay algunos que manejan todo,
que escriben, que cantan, que bailan,
que hablan hermosamente
y nosotros rojos de vergüenza
tan sólo deseamos desaparecer 
en pedacitos.